Misiones y otras yerbas

por | Jun 27, 2018 | ARGENTINA, RUTAS ARGENTINAS | 0 Comentarios

* En marzo, después de dos meses en la ciudad de la furia, después de decidir separarnos con la persona con la que habíamos compartido unos años de nuestras vidas y el comienzo del viaje, después de muchos miedos, de muchas idas y venidas, de destinos y fechas posibles, salí a la ruta con una amiga del alma, unimos las ganas de salir de viaje y arrancamos.

 

Hay una provincia en un país.

Al sur de nuestra América, el país.

Al nordeste del país, la provincia.

Está entre ríos y no es la que conocemos como tal.

Por que su nombr

e viene de una historia más triste.

Que atrapó su geografía y su cultura, que descuartizó los cuen

tos y las lenguas.
Y así y todo hablan, así y todo se mueven, bailan, cuentan.

Misiones.

Llegamos a Misiones en micro, porque queríamos salir rápido de la ciudad, porque Agos tenía una pata recuperándose de un esguince carnavalero y porque así lo decidimos.

La noche anterior a salir nos despedimos de la ciudad a puro baile, a pura resistencia, a pura cumbia y amor. Terminé de armar la mochila minutos antes de tener que salir para la terminal, con esa sensación de siempre de “algo me olvido” pero con la nueva sensación de “lo consigo en el camino”.

Posadas nos recibió de mañana, sin lugar al que ir y sin batería en el celular, así que empezamos con la catación de chipas en el bar de la terminal y después de un rato nos dimos cuenta que no queríamos quedarnos ahí. Sin salir de la terminal, partimos rumbo a San Ignacio.

Nunca me imaginé que iba a quedarme dos meses en Misiones, menos que casi un mes iba a pasarlo en San Ignacio.

Pero como siempre el viaje cambia y nos cambia.

Y pucha que Misiones me atravesó.

Ya no tengo dudas que cada lugar nos marca.

Porque algo de su aire, de su gente, de su agua, me hizo saber que estoy un tanto perdida.

Que salí y no me encuentro.

¿Por qué me fuí?

¿Qué quiero hacer?

¿Por qué estoy tan incómoda?

Cuando cambiábamos de un lugar a otro, me ponía de mal humor, me sentía incómoda, me costaba ver todas las oportunidades que teníamos en cada casa que nos recibía.

Tenía la sensación de que estaba intentando seguir moviéndome en medio de un terremoto, que todo se movía, caían piedras y yo en vez de resguardarme y quedarme quieta hasta que pase el temblor intentaba seguir moviéndome como si nada.

Pasa.

Misiones es hermosa. Por cada lugar por el que pasamos sentí que podría quedarme. Vi una gama de verdes que ni siquiera me imaginé que existían, me acerque a insectos de tamaños impensados, conocí porteños viviendo de maneras increíblemente alejadas a los que la ciudad nos acostumbra, comunidades enseñándonos sin tapujos lo que es la mixtura de la cultura originaria con la de la colonización, aprendí de plantas medicinales, de gustos de tereré, de frutos comestibles.

Y todo eso mientras adentro algo se desmoronaba.

Así es viajar.

Creo que así es vivir.

El mundo no para a que nos acomodemos y después sigue.

Y si no paramos nosotros, si es que eso se puede, parar.

Todo se vuelve círculo.

 

 

Fueron dos meses inmensos y yo me sentía un bichito bolita que lo tocaban y se escondía, que no podía compartirme, que todo me molestaba. Y aunque a veces el río me limpiaba el mal humor de no entenderme, o alguna palabra me hacía calmarme, todo me parecía golpe, ataque.

Imaginense viajar con alguien así.

De la coraza para afuera todo me parecía increíble, quería bailar, cantar, tocar la guitarra, abrazar a mis amigas, agradecerles todo lo que me estaban enseñando. Pero de la coraza para adentro todo era piedra  y pregunta o preguntas en forma de piedras y salía expulsado en forma de misiles del tipo “me las sé todas” “no, no quiero” “me da lo mismo” “yo lo hago mejor”. Y entre un lado de la coraza y el otro, entre lo que tenía ganas de que me pasara y lo que de verdad me pasaba, estaba yo. Tambaleándome. Caminando en el zimbronaso de reconocer que no me había dado el tiempo  suficiente para buscar un lugar hasta que terminaran de caer todas las piedras y que si seguía moviéndome así como si nada, lo único que iba a lograr era lanzarle las piedras a quien menos quería.

Esto no es una disculpa, ni una justificación.

Es el recuerdo de lo que fue volver a salir de viaje.

Es aceptar que viajar no es un estado al que uno entra y se purifica y se vuelve mejor persona y todo lo puede.

Es reconocer que mis sombras son el reflejo de mi luz y que necesito de ambas para ser yo.

Y que necesito mi tiempo para asimilar algunas cosas, para acomodarme y no importa que esté en lugar más hermoso del mundo o con la mejor compañía que hubiese querido disfrutar, si no puedo quedarme quieta hasta que las piedras dejen de caer voy a estar a la defensiva, atacando creyendo que las piedras vienen de afuera, poniendo una coraza.

Irse de viaje para mi esta vez fue eso. Irme. Irme de un vínculo de muchos años. Irme de una casa que fue la primera que tuve. Irme de momentos importantes con amigas que cada vez me entienden más, personas que me hubiese gustado tomar otra birra, mi gata y todo su amor.

En julio salí de viaje a comerme el mundo. A cumplir un sueño. En Diciembre volví feliz de haber tomado decisiones que me hacían más libre. Que esos meses de viaje me hubiesen ayudado a reconocerme, pero con el futuro de cabeza. Y sin cuestionarme mucho, en Marzo volví a salir. Después de dos meses de descubrirme y ya no tuve tan claro por qué me iba. Pensé un proyecto para viajar que pudiera hacer sola. No sabía para dónde ir, pero no me cuestioné quedarme. Porque no era el plan. Porque volver solo había sido un imprevisto. Porque tenía que seguir. Y muchos bla bla bla que se volvieron piedras en cuanto estuve lejos.

No siempre hay argumentos para todo, creo que a veces basta con sentirse feliz, pero cuando no fue ni uno ni lo otro, me di cuenta que necesitaba ordenarme y que no estaba encontrando la forma.

Tenía una lucecita brillándome en Brasil, un lugar al que llegar, mi hermano con el que siempre había querido compartir más y no nos daba el tiempo, una oportunidad para sentirme en casa sin volver, para tomar aire, para pensar, para no estar incómoda un tiempo. Y aunque con miedo y con dudas. Aunque todavía preguntándome si no tenía que aguantar un poco más. Si no me iba a perder algo. Aunque todavía con la cabeza en modo utilidad y productividad de mi propia vida, me separé de las pibas.

Ellas para El Soberbio, yo para Eldorado.

Misiones me despidió conociendo una persona que me iluminó lo que venía.

Que fue cueva para protegerme de las piedras, de mis piedras.

Y ahí protegida y quieta, contemplar mis estrellas.

Aceptarlas y seguir.

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