Mi vigilia empezó el lunes, aunque sin buscarlo.
Salí a caminar por Sao Paulo, como siempre con mi mochila al hombro y el pañuelo verde atado arriba. En pleno centro una mujer me tocó el hombro y hablándome en un portugués rápido y emocionado me dijo:- “¿Ese es el pañuelo del aborto?”- Le asentí con la cabeza. Me pidió verlo, desaté con dificultad el nudo y se lo dí. Lo agarró con las dos manos y se lo quedó mirando – “Estoy orgullosa de las mujeres argentinas” – Me devolvió el pañuelo y se fue. Ni tiempo a decirle “obrigada” me dio. Creo que si me lo hubiese dicho en chino también la hubiera entendido, porque la sororidad es una sola lengua.
No volví a colgar el pañuelo a la mochila, me lo até con orgullo a la cintura y seguí mi recorrido.
El martes me vine a Paraty, unos días nada más, así que armé la mochila chiquita y otra vez volví a atarme el pañuelo a la cintura. Se acercaba la vigilia y yo ya me sentía toda verde.
Yo nunca me sentí muy identificada con mi país, ni con la idea de Patria, ni con sus fechas, ni con sus símbolos. Siempre me movilizaron los movimientos populares, las luchas sociales, las ollas populares, las fiestas callejeras, las mujeres piqueteras. De todos lados. Sin fronteras. Miré los documentales sobre el 2001 cuando tenía ya 18 años y supe que yo no sabía lo que era ser argentina. Que nunca nada me había tocado. Por primera vez le puse nombre y apellido a mis privilegios. Ese año dormí en el Puente Pueyrredón en la vigilia del 26 Junio con el primer colectivo del que me sentí parte y arte, y Darío y Maxi se me volvieron huracán en el pecho para siempre.
Al mismo tiempo de la mano de la educación popular, con un círculo al que sentía que tenía que ponerme en puntitas de pie para alcanzarlo, me reconocí mujer, me supe abusada y me empecé a nombrar feminista. Primero con vergüenza. Después con bronca. Y para siempre con orgullo.
Cinco años después, en ese mismo puente que me llevó de un lado a otro de mi historia y mi conciencia, el 25 de Junio, a diez días de salir de viaje una compañera me regaló su pañuelo verde.
Porque yo no tenía. Porque quería llevarme uno de viaje. Porque sabía y no estaba equivocada que me iba ayudar a no olvidarme del camino hecho y lo que me queda por andar.
El martes me dormí abrazándolo. Sintiendo por primera vez que esa lucha era mía. Que quería levantarme al día siguiente en el Congreso, con brillitos verdes en la cara, rodeada de mis amigas manada y el cuerpo estallado de amor.
Pero me levanté donde estoy eligiendo estar, de viaje.
Esta vez me puse el pañuelo en el pecho. Arriba la remera. Y salí.
En el camino recibí y mandé audios. Nos dimos aliento. Entre todas sin importar dónde estábamos. Y aunque yo estaba en short y musculosa nos recordamos llevar abrigo y termos con agua caliente. Anotar el número de una compañera con marcador en la piel. Y avisar cuando se iban y cuando llegaran. Siempre, siempre avisar cuando llegamos.
Filmé en velocidad la selva Verde, verde intenso, todo verde.
Llegué a una cascada.
Elegí una piedra.
Me saqué la remera.
Y como un dejavú sentí: primero vergüenza, después bronca y para siempre orgullo.
De ser y sentirme Mujer. De ser y saberme Feminista.
Ahí me quedé. Con el pañuelo en el pecho y un cerebro bombardero que no paraba de tirarme fusiles de ideas e ideas para seguir argumentándome y defendiendo. Quería estar con mis amigas. Quería estar ahí. Pero estaba acá, en una cascada, en un pueblito del Estado de Río de Janeiro en Brasil. Así que me sentí agradecida una vez más por aprender que no somos indispensable y que ahí estaban todas y que todas estamos haciendo historia, desde todos los lugares que ocupamos día a día en esta lucha que es por nosotras, que somos todas.
Me crucé con un chico que vio el pañuelo y me dijo – Es hoy – Le sonreí y le respondí – Es hoy -. Se lo dijé a él y me lo dije a mi.
Volví al pueblo. La vigilia se hizo carne en los mensajes de mis amigas, en las que ya estaban ahí y me mandaban fotos y relatos, en las que intentaban encontrarse en esa marea verde, en las que estábamos lejos y nos pasabamos links y notas para sentirnos más cerca.
Como si el propio patriarcado quisiera burlarse en mi cara, el Wi Fi del hostel andaba mal, así que salí a conseguir en algún otro lugar para empezar a ver la sesión. No estaba teniendo mucha suerte.
Nunca me indentifiqué con la Patria, pero la Matria me estaba calando hondo.
Llegué a otro hostel y un argentino me compartió el Wi Fi y entre charla y charla yo miraba los números, subía el volumen del debate, me colgaba mirando la pantalla.
Cuando volví, el Wi Fi del hostel seguía sin andar, gasté todos los datos de mi chipi brasilero, que aguantó hasta las dos y media de la mañana, cuando todavía quedaba una lista de cien oradores. Iban y venían mensajes. Llenos de miedo y llenos de esperanza.
De mi grupo de amigas de la vida, tres estamos lejos. Nos compartimos. Nos abrazamos en la distancia de la distancia misma. Ese sentimiento de pertenencia que muchas sentimos por primera vez. Enchufé el celular y rogué que cuando me despertara a las pocas horas, las brujas hubieran hecho un hechizo que hiciera funcionar el Wi Fi.


Me dormí pensando que al día siguiente o pertenecía a un país cuyo Estado aprobaba un derecho que nos pertenece ,el derecho a decidir por el que luchamos o se confirmaba en la hipocresía de sostenernos objetos, midiendo con una vara nuestro consentimiento, ajeno a cualquier política pública que se responsabilice por las muertes de las que no pueden pagar un aborto seguro.
A las cinco abrí los ojos. A tientas busqué y prendí el celular. No cargaba youtube. Busqué una nota. Números. Quedaban 7 oradores. Agradecí estar lejos para reconocerme así. Porque aunque muchas veces sentí que la política partidaria no me representa, escuché casi todos los argumentos que se dieron a favor y en contra de la despenalización, lloré varias veces frente a la pantalla del celular, me cuestioné frente a planteos que no había tenido en cuenta, me enfurecí cuando muchos hablaron de las pibas sin nunca haberlas tenido temerosas recostadas sobre su hombro mientras tomaban una decisión que cambiaría sus vidas (si es que seguían vivas), me sorprendí escuchando a quienes llamamos la oposición argumentando a favor con una emoción que llegaba hasta mi cama en un hostel en Paraty a través de la pantalla, supe que si se sancionaba la ley iba a quedar mucho camino por delante y también tuve miedo por todas las que estaban afuera si no se sancionaba, tuve miedo del Estado y su abuso de poder.
Desde las cinco hasta las ocho y media escuché doce palabras y soporté un minuto de tensión del maldito circulito de cargando, y así sucesivamente. Me lavé los dientes, me cambié, me até el pañuelo a la muñeca, todo con los auriculares puestos.
Ocho y media salí de la habitación con intención de ir a buscar algún lugar con Wifi, en el patio del hostel el Wifi andaba más o menos bien, así que ahí en un rinconcito, me aferré a la esperanza de la media sanción. Ya estábamos todas otra vez. Las que estaban en el trabajo y nos tenían de lobas para aullar cuando se votara, las que estaban ahí, las que como yo se bañaban, cambiaban, desayunaban con los auriculares puestos.
A las diez recibí tres mensajes al mismo tiempo: la votación.
La internet saltó un charco y yo vi el tablero, escuché “se aprueba” y denuevo el circulito cargando.
Lloré bajito pero mucho. Mucho. Todavía me cuestan las palabras para explicar lo que esto significa.
Cuando me volví a conectar vi los dos votos errados, pensé que no se podía ser tan macabro, pero seguiamos siendo más.
Tengo una emoción que me desborda el pecho.
Los ojos chinos de sueño y de lágrima.
Salgo a caminar buscando un lugar para comer afuera. Para festejar. Que tenga Wi Fi. Porque el día está nublado lluvioso y voy a aprovechar para escribir todo la emoción que me dio esta vigilia. Todo es muy caro. Cuando ya me estoy dando por vencida encarando para un súper para volver al hostel, me dan un papelito con una promoción aceptable. Voy al lugar. Muy pituco. Me piden el impermeable para colgarlo. Y me ofrecen una mesa. Yo me cuelgo la campera sola, tengo el pañuelo verde enrollado en la muñeca izquierda y me siento la mujer maravilla. Cuando me siento, enfrente mío, alguien desde un cuadro me mira.
Mulher.
Con un pañuelo verde.


Hoy es jueves 14 de Junio, la ley por el derecho al aborto voluntario, tiene media sanción.
La lucha sigue siendo en las calles, en los barrios, en las escuelas, en los patios, con los pibes, con las doñas, con las que tenemos privilegios de clase y con las que no los tienen.
La lucha sigue siendo educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.
La lucha, la lucha siempre va a ser nuestra, en donde estemos, en cualquier lugar del mundo porque son más de quinientos años de historia genocida.
Y la vamos a cambiar.
El patriarcado no se va a caer, lo vamos a tirar.
Arriba lxs que luchan.
Ven Seremos.

Pin It on Pinterest

Share This