Llegar a un lugar nuevo es algo inexplicable. Nunca me lo había puesto a pensar hasta que me di cuenta cómo me impactaban las primeras miradas con una ciudad. Cuando llego a un nuevo destino me siento un poco perro olfateando la ciudad, rodeándola, mirándola por todos sus costados. El lugar está ahí, casi inmutable, casi y yo llego y lo rodeo, empiezo a etiquetarlo y me sorprendo o me desilusiono, a veces nada, a veces a primera vista nada.

Holguín – Cuba

Casi inmutable, casi, porque empiezo a creer que cada lugar tiene un alma, y a veces podemos verla. Son esos lugares de los que nos cuesta irnos, a los que pudimos guiñarles un ojo o que él nos hizo una caricia o una broma. Incluso a veces nos insultó y después nos pidió disculpas.
Esos lugares a los que les conocimos el alma ¿Seguirán siendo los mismos después de nuestro paso por ellos? Yo no sigo siendo la misma.

Parque Céspedes, Santiago de Cuba.

A lo largo del viaje, me fui limpiando los adjetivos, las expectativas, los prejuicios para encontrarme cara a cara con las ciudades y pueblos, a los que llegué. Y en ese primer encuentro también empecé a dejarme olfatear por la ciudad. Me quedé quieta varias horas en algún lugar, como si le dijese a la ciudad “no quiero invadirte, lo que me muestres de vos va a ser lo que me lleve de vos hasta el próximo encuentro”. Nunca había sentido la compañía del espacio.
Estando sola el lugar es compañía. Una calle que me invita a sentarme en el escalón de una casa, una librería medio camuflada que me vende una novela que parece fue escrita para mi, una plaza que se vuelve mi favorita, un lugar del malecón donde corre brisa en un día de mucho calor, una flor que llega volando y se posa al lado mío.
¿Cuál es la portada de los lugares? ¿No juzgues a una ciudad por la primera impresión? Sí, juzgala y después de unos días volvé a ese pensamiento y dibujá el recorrido que la ciudad hizo por tus impresiones, qué camino transitaron las ciudades en mí mientras yo las caminaba.

Santa Clara, Cuba.

Más de una vez me encuentro diciéndome a mi misma “por momentos te siento nueva”. Me siento nueva, como si cada ciudad me agregara algo, como si cada vez que camino una calle y cierro los ojos y sonrío y me siento plena, la ciudad me regalara un poco de su escencia.
Me gusta descubrir las ciudades, jugar con ellas. A veces el juego es caminar sin rumbo y lograr volver a un lugar que me resulte conocido sin mirar el mapa, otras veces es encontrar el mejor portal para leer un rato, contar cuántas mujeres colgando ropa encuentro a la mañana ¿y a la tarde?, qué dicen los niños con los que me cruzo o los que se cruzan conmigo.

Descubierta por una niña en el Santuario de El Cobre, Santiago de Cuba.

Jugar las ciudades es presentarme, es ofrecerles lo que me producen, es de a poco olvidarme de los puntos marcados en el mapa y marcar puntos en la memoria. Porque después de varios encuentros con nuevos lugares, ya no puedo decir “fui a todos los museos”, pero si puedo decir “esta ciudad tiene el olor a pan más rico y aquella, aquella a la noche tiene las risas más lindas en la casita amarilla a la vuelta del parque”.
Tuve varias ideas cada vez que sentí que la ciudad me marcaba, hacerme un tatuaje de cada sentimiento, bordarle a la mochila el recuerdo, escribirle una carta y dejarla en algún lugar, todavía no me decidí por ninguna (aunque descarté los tatuajes).

¿Cuándo dejamos de escuchar al mundo? Agradezco que el viaje me presente nuevos sentidos.

José, el guía que nos llevó al Río Yumurí, pelando una almendra. Baracoa.

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